1¡Baja y siéntate en el polvo, virgen, hija de Babilonia!
Siéntate en el suelo, sin trono,
hija de los caldeos,
que ya no te volverán a llamar
«Delicada y Voluptuosa».2Toma la muela y muele la harina,
quítate el velo,
súbete la falda, descúbrete las pantorrillas
y pasa los ríos.3Que aparezca tu desnudez,
que se vean tus vergüenzas.
Yo tomaré venganza
y no perdonaré a nadie.4Nuestro Redentor se llama el Señor de los ejércitos,
el Santo de Israel.5Siéntate en silencio y adéntrate en las tinieblas,
hija de los caldeos,
que ya no te volverán a llamar
«Señora de los reinos».6Me había irritado con mi pueblo,
había dado mi heredad a la profanación,
los había entregado en tus manos;
pero tú no has tenido misericordia de ellos:
hasta sobre el anciano has hecho pesar tu yugo.7Te decías: «Siempre seré la señora».
No has considerado estas cosas en tu corazón,
no te acordaste de tus postrimerías.8Ahora, escucha esto, sibarita,
que habitas confiada,
que piensas en tu corazón: «Yo, y no hay otra fuera de mí;
no me quedaré viuda, ni conoceré la pérdida de hijos».9Te sobrevendrán ambas cosas
de repente, en un solo día:
pérdida de hijos y viudez completas
te sobrevendrán,
a despecho de tus innumerables sortilegios,
a pesar de tus muchos encantamientos.10Tú te sentías segura en tu maldad,
y te decías: «Nadie me ve».
Tu sabiduría y tu ciencia,
ellas mismas, te han engañado.
Tú pensabas en tu corazón:
«Yo, y no hay otra fuera de mí».11Pero ahora te alcanzará una desgracia
que no sabrás conjurar,
caerá sobre ti una ruina
de la que no podrás escaparte;
te sobrevendrá de repente
una calamidad imprevisible.12Continúa, pues, con tus encantamientos
y tus muchos sortilegios,
en los que te afanaste desde tu juventud.
Tal vez puedas sacar provecho, tal vez causes horror.13Te has cansado de tantos consultores.
Que acudan, pues, y te salven los que miden los cielos,
los que contemplan las estrellas,
los que anuncian en cada novilunio
las cosas que te van a suceder.14Míralos convertidos en rastrojos
que el fuego abrasa.
No pueden librarse a sí mismos
del poder de las llamas;
ni son brasas para calentarse,
ni lumbre junto a la que sentarse.15Eso han resultado para ti aquellos por quienes te afanaste,
quienes negociaban contigo desde tu juventud:
vagan cada uno por su lado.
No hay quien te salve.